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LAS VITIS SILVESTRES DE ESPAÑA Y EL ORIGEN DEL VINO

Hace unas semanas nos desplazábamos hasta la playa de Gulpiyuri para ver el estado vegetal de algunas de las cepas de Vitis Viníferas Sylvestris que todavía habitan la zona.
Para informarnos un poco más sobre ellas y su vinculación directa con la domesticación de las Vitis en la Península Ibérica, no pudimos dejar de llamar a nuestro amigo (y mayor experto en la materia) Rafael Ocete. A su vez nos derivó a Loli Loureiro, con quién está a punto de publicar un artículo científico en el que desgranan el número de poblaciones, sexo y otras características de las Vitis Viníferas Sylvestris de Asturias.

La arqueología del vino históricamente ha vinculado el origen de la vitivinicultura en el triángulo caucásico de Georgia, Irán y Armenia. Restos cerámicos, pepitas, polen, ácido tartárico, ácido succínico… muchas son las pruebas explícitas o circunstanciales que vinculan un territorio a la producción vitivinícola. Pero con las nuevas herramientas de trazabilidad genética desarrolladas a finales del siglo XX y perfeccionadas durante el siglo XXI, empieza a coger fuerza una línea de trabajo que da una nueva perspectiva histórica: la arqueología genética.

Resulta que dentro de las células vegetales de la vid, existen distintas cadenas de ADN. Habitualmente se estudia el ADN del núcleo para encontrar parentescos entre las distintas variedades, pero es que también hay ADN mitocondrial y ADN cloroplástico. Siendo la vid uno de los seres vivos con mayor capacidad de adaptación, el ADN del núcleo muta con relativa facilidad, sin embargo el del Cloroplasto lo hace 8 veces más lento. Esto ha permitido desarrollar marcadores genéticos que agrupan a todas las Vitis Viníferas en 8 familias distintas. De esas 8 familias, 4 no llegan a suponer un 5% de todas las Vitis Viníferas, por lo que habitualmente ni se tienen en cuenta.
En resumen podemos decir que el 95% de las Vitis Viníferas se agrupan en las 4 “familias” de Clorotipos: A, B, C y D. Recordemos a su vez, que dentro de las Vitis Viníferas tenemos dos subespecies: Sativa (con la que se elabora el vino y habitualmente hermafroditas) y Sylvestris (las originales dioicas a partir de las cuales se domesticaron las variedades que tenemos hoy en día).
Pues bien, de las 4 familias de Clorotipos, el Clorotipo A se encuentra en prácticamente el 100% de las Vitis Sylvestris Ibéricas y en el 75% de las Vitis Sativas Ibéricas, mientras que no se encuentra en el Cáucaso. Teniendo en cuenta que el Clorotipo y el hermafroditismo se heredan a través genes recesivos por parte de la “madre”, podemos hablar con bastante certeza de una domesticación paralela de la vid en la Península Ibérica.
Y parte de este material histórico y genético a día de hoy sigue disperso por nuestro país. De forma discreta y casi anónima, algunas Vitis Viníferas Sylvestris sobreviven en zonas barrancosas y/o próximas a ecosistemas acuáticos, como es el caso de las cepas en la genuina Playa de Gulpiyuri.
Es un patrimonio genético e histórico que cada día se va perdiendo y que es un pilar fundamental de nuestra tradición vitivinícola. Igual no tiene tanto glamour como un “château”, pero explica muchas cosas.

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