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EN CLAVE CORUÑO

No hay nada mejor que morirse para que hablen de uno, aunque también sirven las efemérides. Afortunadamente mi padre, el bisabuelo Luis, hace 50 años cuando las cosas eran de otra manera, en uno de los muchos paseos por la ciudad de A Coruña me llevó delante de la estatua de Doña Emilia Pardo Bazán. De lo que me relataba de la escritora, me fascinó su trepidante vida de viajera infatigable.
A ojos de un niño del barrio de Santa Margarita de los años 60 se convirtió en mi nueva heroína, lo siento María Pita, uno ya empezaba a disfrutar más de los libros de viajes y aventuras, que de las aventuras en tiempos lejanos. El monumento está ubicado en los Jardines de Méndez Núñez. Preside un lugar digno de ella, lleno de pasión y libertad desde, donde recuerdo, era punto de encuentro matinal de “sorchos” y chachas, zona furtiva nocturna de amores “prohibidos” en los años 70, punto de inicio y huida en las manifas en los albores de la democracia y hoy espacio de encuentro nocturno donde los jóvenes mocean a ritmo de “trap” y con botellón incluido. Nadie mejor que Doña Emilia para reafirmar estos jardines como un espacio de libertad, ella estaría encantada presidiéndolo.
Doña Emilia, según sus escritos y los de sus correligionarios, era amante de la alcurnia, de los vinos y de otros placeres de la vida. Disfrutaba de los Tostados de Galicia, como muchos de sus compañeros lo hacían de otros afamados vinos. Y algunos de sus más íntimos amigos y admiradores como el reflexivo y polifacético escritor Azorín, buscaba valor y serenidad en los míticos Fondillones para verse con su admirada Doña Emilia. Hablando de Doñas, yo solo he dado ese tratamiento a Doña Emilia y Doña Herminia, la artesana de pastas judías de Ribadavia que se ha jubilado y nos ha dejado huérfanos a los amantes de los frutos de su obrador, si alguien se merece una medalla, es Doña Herminia.
Nos hubiese gustado haber podido programar algún evento con los vinos que disfrutaba Doña Emilia y sus amigos, pero no hemos podido incluir nada en los fastos organizados en nuestra común ciudad natal, se han dedicado a su faceta gastronómica y nada de vino. Parafraseando a Alejandro Dumas “se han olvidado de la parte intelectual de la comida”.
Pero a nuestra manera, en este centenario de la gran Doña Emilia y en el 105 aniversario de la inauguración de su estatua en el “relleno” de la ciudad de A Coruña hemos querido disfrutar del mismo vino y del mismo tonel de 125 cántaras (1.443.75 litros, toma ya) de la familia Azorín, el mismo en la que el ensayista bebía antes de sus encuentros con su compañera de la Generación del 98. Y este memorable momento ha sido posible gracias a Rafael Poveda, al que hace ya 26 años le comprábamos vinos para disfrutarlos y darlos a probar en la Vinoteca O Carro.
Los Fondillones al igual que los Tostados son de esas escasas reliquias que solo se producen sin prisas en “sacristías” tocadas por la providencia de un clima, suelos, variedades y tradición únicas. Y cuantas más décadas maduren, más grandes se harán. Lo demás son sucedáneos.
Y el entorno de Monóvar, lugar de nacimiento de Azorín, aunque a los ojos de un coruño, “allí siempre parece marea baja, neno”, reproduce el terroir ideal para criar los más prestigiosos Fondillones y las mejores almendras del mundo, las Marconas.
Rafael Poveda, un renacentista enamorado de su trabajo y seguramente la mayor autoridad en Fondillones, es el mejor mentor para entender estos generosos vinos de alcohol y emociones.

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